martes, 26 de enero de 2010

¿Los haitianos eran más pecadores que nosotros? No lo creo.

En aquella ocasión algunos que habían llegado le contaron a Jesús cómo Pilato había dado muerte a unos galileos cuando ellos ofrecían sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”. Lucas 13:1-5

La semana pasada leí que un reconocido predicador norteamericano dijo que el terremoto de Haití es consecuencia de "su pecado, su idolatría y su vudú". Generalmente cuando pensamos en Haití, pensamos en un pueblo pecaminoso y lejos de los caminos de Dios. Un pueblo con una condición espiritual que -según creemos- es muy "diferente" a la nuestra.

Me llama la atención el parecido entre esta situación y lo que Lucas narra en el pasaje citado. En aquella ocasión, también murieron muchas personas aplastadas, según creyeron algunos "por haber sido unos pecadores". Es impresionante la coincidencia. Sin embargo, lo que realmente me impresiona es la respuesta de Jesús. Una advertencia clara, simple y sin rodeos. Ojalá que nuestro pueblo, y nosotros mismos, entendamos Su mensaje.

Leído de otro modo: "¿Piensan ustedes que aquellos haitianos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás seres humanos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante.Y aquellos miles que murieron aplastados en Haití, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de la tierra? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.”

sábado, 9 de enero de 2010

No me digas que no lo sabías.

“Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están en peligro; porque si dijeres: ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras.” Prov. 24:11-12

En una "pseudo" democracia como la nuestra, cuyo sistema de “desarrollo” económico se fundamenta en la avaricia y el egoísmo, proliferan “a cántaros” las injusticias sociales.

Hoy en día, no hay que esforzarse mucho para encontrar en la prensa la reseña de que algún conciudadano ha sido o está siendo víctima de cualquier tipo de abuso. Además, basta con ser ligeramente atentos en nuestros trabajos, centros de estudios, lugares de esparcimiento o bien, cerca de nuestra casa, para darnos cuenta de que habitamos en medio de una desesperada hambruna de justicia.

El hacedor de injusticia puede ser indistintamente un poder público o uno privado, legal o fáctico, legítimo o usurpado. Incluso en algunos casos proviene de la misma comunidad, la familia o sin temor a equivocarme: la institución eclesial. Es decir, en cualquier lugar donde convivan personas pueden surgir desigualdades, abusos e injusticias de todo tipo.

Hasta ahora estamos claros en dos realidades: 1. En nuestra sociedad existen injusticias "a granel"; y, 2. Nosotros lo sabemos. Siendo así, entremos en materia.

Así como para los penalistas existen delitos por comisión y por omisión, así también para Dios existen pecados por comisión y pecados por omisión. Por comisión es cuando sabes que no debes hacer algo y aún así lo haces. Por omisión es cuando consciente de que debes hacer algo, decides no hacerlo. Ambas cosas son desaprobadas, ambas cosas son sancionadas.

Proverbios 24:11-12 nos revela con profundidad esta realidad. Somos seres gregarios, creados para vivir en comunidad. Esta vida conlleva una necesaria identificación con el sufrimiento ajeno. No podemos pensar exclusivamente en nuestro bienestar. No podemos vivir aislados de la realidad de nuestro prójimo, de su dolor.

“Libra a los que son llevados a la muerte”. Aquí hay una instrucción clara, un mandato a actuar a favor los condenados a muerte. No condiciona nuestro proceder a si se lo merecen o no, simplemente te ordena actuar. Esta es una misericordia proactiva.

¿Y quiénes son los llevados a muerte? Ojala que nuestra mente no se limite a pensar en presos encadenados, condenados a la inyección letal por un tribunal tejano.

Creo que los que son llevados a muerte son aquellos jóvenes que por una u otra razón diariamente están incursionando en pandillas, cárteles de drogas o cualquier situación que los coloque en conflicto con el orden social. Estas asociaciones tarde o temprano los llevan a la muerte. Además, en la República Dominicana, un país carente de institucionalidad y de respeto a los derechos humanos un joven en conflicto con el orden social es un prominente candidato a una ejecución extrajudicial.

Creo que los que son llevados a muerte son esos trabajadores, que día con día soportan la opresión del capitalismo desenfrenado. Aquellos que no reciben un salario justo, un salario suficiente para satisfacer siquiera sus más básicas necesidades; aquellos que trabajan en condiciones infrahumanas; aquellos que no reciben sus prestaciones sociales, aquellos que son privados de sus medios de sustento o chantajeados de cualquier manera. Desnutrición, enfermedades profesionales, insalubridad, problemas financieros, sin lugar a dudas lo llevan a la muerte más pronto de lo habitual.

Creo que los que son llevados a muerte son esas mujeres explotadas sexualmente. Aquellas golpeadas y abusadas por sus esposos, entre muchos otros casos.

“…salva a los que están en peligro”. Habitualmente, quien vive en alguna situación de peligro social es considerada una persona “en alto riesgo”. Estos pueden ser los jóvenes de nuestros barrios, los niños de la calle, los adultos desempleados, los ancianos sin hogar.

Sin embargo, creo que la actualidad, en una sociedad como la nuestra: todos estamos en peligro. Porque si la policía ejecuta un joven en uno de esos famosos “intercambios de disparos”, todos estamos en peligro de ser víctimas de lo mismo. Si los empresarios mediante sus asociaciones de conspiración social acuerdan mantener los precios de primera necesidad a un elevado costo, en vez de permitir que la libre competencia beneficie a los consumidores: todos estamos en peligro. Si nuestros “ilustres” legisladores disponen normas injustas que aprieten aún más los grilletes de la población dominada y traicionada: todos estamos en peligro.

“…porque si dijeres: ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras.” Esto es lo más impactante de todo el verso. No podremos alegar ignorancia frente a aquél que todo lo sabe. No podremos decir que no sabíamos que nuestros vecinos estaban en problemas. No podremos decir que nunca vimos un niño pedir en un semáforo para comer. Tampoco podremos decir que no escuchamos o leímos alguna noticia sobre los jóvenes involucrados en pandillas entregando sus vidas a diario. No podemos decir que no nos enteramos de las injusticias laborales en las que viven miles de trabajadores que reciben salarios de miseria. No podremos desconocer los daños morales y sociales que genera el vulgar clientelismo político.

De la misma forma, no podremos alegar que carecimos de las herramientas necesarias. Todos tenemos capacidades, tiempo y recursos que por limitados que sean, algo pueden hacer.

La semana antepasada fue fallado un recurso de amparo que llevé ante el Tribunal Contencioso Tributario y Administrativo. Postulé como representante de una institución que buscaba la liberación de unos 800,000 ciudadanos que mediante artificios jurídicos ilegales y por la avidez del lucro de unas cuantas empresas, eran privados de su derecho a la seguridad social. Por el favor de Dios, la causa fue gananciosa. El tribunal declaró que mantener a cualquier persona atada en la base de datos del Sistema Dominicano de Seguridad Social (SDSS) en estatus “pendiente”, sin recibir ninguna prestación de aseguramiento social atenta contra los derechos fundamentales del ser humano. En consecuencia se ordenó la liberación de los afiliados en dicho estatus.

Como resultado inmediato, gracias a esta decisión unos 45,000 dominicanos pobres, así como otros miles de ancianos pensionados lograrán ser incluidos en el seguro de salud del Estado y empezar a recibir sus prestaciones de salud. Se espera que esta decisión beneficie a otros cientos de miles actualmente en la misma situación.

Dios me ha permitido comprobar que podemos ser útiles en sus manos. Solo hace falta voluntad, de aquella que es producto de una firme convicción.

Anhelo una sociedad bondadosa, defensora de la justicia y aborrecedora de la maldad. Para algunos suena a utopía, para mi suena a fe. La indiferencia social es complicidad criminal.